Dulce Niña
Me encuentro totalmente sumergida en la
laguna y, aunque no suelo meterme, sentí que hoy debí hacerlo. Había sentido
que algo me llamaba, una voz indulgente en mi cabeza, y me decía cosas como
“Metete, no tengas miedo. Es solo una zambullida, no hay de que temer”. Así,
sin dudarlo un momento, entre con esas convicciones.
No pude negarme nuevamente a ese
susurro, ya no podía dejarlo pasar. La curiosidad me carcomía, ya que no era la primera vez que me incitaba
a nadar. Deje que mis impulsos tomaran el control y dieran el primer paso hacia
la laguna. Comencé a nadar sin pensar en nada y me deje llevar.
Aquel susurro tenia una voz tan dulce
como la de una niña inocente que solo me pedía que entre a jugar con ella.
Muchas veces la había escuchado, pero nunca le había dado importancia hasta
hoy. Las dudas y su insistencia a que metiese pudieron mas y quise entrar,
tratando de no ser demasiado divertida por temor a que quisiese jugar por
demasiado tiempo. En realidad, no sabia como tratarla porque nunca se me dieron
muy bien los niños. Me decía a misma, “¿Si no sabe nadar y quiere que la
salve?”, “Por algo me invita siempre a que juegue en la laguna.”, “Podría haber
elegido la casa, pero parece que acá es donde mas le gusta estar”. Todo eso
pensé en milésimas de segundos sin servir de mucho.
En cuanto me sumergí a la laguna deje
de oír la voz. Ya no estaba, pero, aun así, sentí paz al nadar un poco sin
pensar en nada. Solamente flotando un poco. Mirando al cielo en una noche
agradable bajó las estrellas, observando su luz brillante, pero sin vida. Es
raro lo que voy a decir, pero ver tantas me hizo sentir acompañada y al mismo
tiempo muy sola.
Me gustaría que estuvieras aquí, niña
de la dulce voz. Por más que no te conozca seria agradable compartir con
alguien momentos como este. Si no fuese por tus susurros no me hubiera metido y
me hubiese perdido de toda esta paz que tanto necesitaba. Mejor salgo
antes de que la temperatura siga bajando y ya no pueda salir de aqui.
Pasaron algunos días y no volvi a escuchar
a la niña. Me sentí intrigada por momentos, pero después me convencí de que
solo estaba en mi cabeza y que solo fue
un deseo, o un impulso, inoportuno que añoraba muy dentro de mí. Aun así algo
no me cerraba del todo.
Volviendo a casa después de un día
bastante igual que al de ayer, quise hacer algo distinto. Vi la laguna, me
senté en el borde como si fuese un indio, respire profundo y comencé a sentir
el clima cálido que había. Sin más preámbulos decidí meterme nuevamente. Me
zambullí y, mientras estaba bajo el agua conteniendo la respiración, me sentí algo rara. No fue la paz que sentí
aquella vez, sino algo diferente, como si le faltase la magia y la calma que
había vivido. Hoy solo era una laguna muy normal y ordinaria. Ya casi sin aire
comencé a exasperarme. Nadaba hacia la superficie, pero algo me impedía subir.
Comencé a sentirme mal y la presión en el pecho comenzó a asfixiarme de la
nada, sin aire, sin fuerzas, sin ella.
Cerré mis ojos. Ya no había nada que
pudiera hacer. Me iba hundiendo despacio, no había ruido, no había nadie, al
fin llegaba mi fin. Y de golpe, me encontré al borde de la laguna nuevamente,
sentada como indio, sintiendo el clima cálido que estaba haciendo, teniendo
vagos recuerdos, pero viva. No sabia donde estaba la muerte, ni donde estaba el
fin o siquiera porque no estaba mojada.
No comprendí lo sucedido. Solo sabia
que estaba en el fondo del lago ahogándome, que no podía salir, que estaba un
poco asustada y que si comenzaba a exasperar podría terminar con esa misma presión
en el pecho. No quería más dolores por hoy. Bastante la vida que viví fue
dolorosa como para provocar más dolor del que podría aguantar.
Me levante y me fui para la casa.
Apenas hice dos pasos escuche el susurro de la niña en mi oído pidiéndome que
vuelva, que no esperaba que la busque, que se asustó al verme entrar, que no me
esperaba y que volviese a meterme porque esta vez no me dejaría sola nadando
sino que ella estaría todo el tiempo conmigo.
Me tomó de la mano con la cabeza gacha
y me dijo, con su dulce voz como siempre, “Vení, te voy a dar lo que estas
buscando”. Confié en ella y volví al agua. Y sentí diferente, volví a tener la
paz que tanto me relajaba. Esta vez ella estaba ahí conmigo cumpliendo lo que
me había dicho, no dejarme sola. Antes de avanzar hacia las profundidades
me hizo prometerle que siempre estaríamos de espaldas, sin vernos la cara, y
que no la tocase sin su consentimiento. Acepte sus términos sin preguntar
porqué. No quise invadir su espacio. Quizás fuese tímida. Es muy normal eso
entre algunos niños y además se la veía muy chiquita para que este sola. Me dio
un poco de pena. Se lo que se siente estar sola y más siendo chica. No se lo
deseo a nadie. Me hubiese gustado abrazarla, pero no pude. Debía respetarla,
más adelante, si me lo permitía, la abrazaría. Sentí que lo necesitaba, porque
yo también lo necesite y nadie lo noto.
Pasamos toda la noche hablando, riendo
y flotando. Jamás volteo a verme, pero se le notaba feliz. Le prometí que al
día siguiente volvería y se alegró aún más. Eso sí que me llenó el corazón.
Hice feliz a alguien con mi existencia y compañía. Fue un agradable
sentimiento. Al día siguiente, cuando quise levantarme no pude. Mi cuerpo
se sentía pesado, exhausto, no tenía energías para absolutamente nada. A duras
penas podía mantener los ojos abiertos. No sabia que era ese pesar. Cuando ya
no quería más dolores de repente me sucede esto. Sin dudas, necesitaba ayuda.
Me desmaye en mi cama, sola, sin nadie
a mi alrededor. Ni siquiera mi dulce niña apareció. Se sentía horrible tanta
soledad. Recuerdo que antes no era así. Tenía un esposo, una hija, una familia
feliz, un hogar de calma y paz, pero todo quedó atrás en un recuerdo triste y
doloroso que es mejor no nombrar. Comencé a escuchar ruidos extraños cerca de
mi oído. Una dulce voz me decía “despierta, es hora de jugar”. Abrí mis ojos y como pude gire mi cabeza hacia un costado. Ella
estaba ahí dándome la espalda, extendiendo su mano hacia a mí. Esa era su
invitación a que vaya a jugar. De repente, una energía en mi vientre hizo que
me sintiera mejor. Una señal de vitalidad enorme, algo que una vez sentí, pero
que se había extinguido junto con la vida de mi segunda hija. A quien esperé
con angustia y dolor, pero, aun así, hizo que mis días tuviesen sentido luego
de la perdida de la primera y el abandono de mi esposo. Una historia triste que
cambio rotundamente, pues ya no estaba sola sino que mi dulce niña, la de la
voz tierna y solitaria, estaba conmigo.
Fui con ella. Pude levantarme, caminar hacia el borde del lago y
volver a zambullirme en la hermosa calma,
en paz, en su compañía. Bajo el lago nos encontrábamos solo ella y yo.
Era increíble esta sensación. Mis impulsos hicieron que nadará hacia donde se
encontraba. Ya no toleraba el no poder tocarla. Necesitaba darle un abrazo como
agradecimiento por el enorme placer que me había regalado. En cuanto me
acerque, ella también vino hacia mí. Por primera vez me iba a dejar tocarla. Lo
esperaba demasiado. Pero, antes de que yo pudiese acariciar su cara, levantó una
mirada inexpresiva, puso su mano sobre mi vientre y una luz intensa comenzó a
irradiar. En ese momento comencé a exasperarme, pues esa sensación se estaba
convirtiendo en pesadilla. Quería salir de allí e intente nadar hacia la
superficie. Me asuste. Por mas que nadase no lograba llegar a la orilla.
Comencé a quedarme sin aire, la presión en el pecho era aun mayor. Repetía una
y mil veces las mismas palabras, “No de nuevo. Por favor, no. Ayuda”.
Mi dulce niña no hacía nada. Ella veía como me estaba ahogando, se
quedaba flotando junto a mi sin mover su
mano de mi vientre. Mi aire se agotaba y de verdad sentía el fin de
todo, me estaba muriendo y no respiraba. Me iba hundiendo sin vida. Lo último
que escuché fueron las voces de mis dulces niñas,
“Perdón, Mami. Solo queríamos jugar con vos para siempre. Esto era necesario.”
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